En un mundo que busca liberarse de los combustibles fósiles, el litio se erige como el recurso clave para alimentar la revolución energética.
La demanda de litio ha experimentado un crecimiento vertiginoso en los últimos años. Con un aumento del 30% solo en 2023, su producción es fundamental para alcanzar el objetivo de cero emisiones netas.
Según la Agencia Internacional de la Energía, la demanda global debe multiplicarse por diez para 2050, pasando de 200.000 toneladas a más de 2 millones anuales. Este desafío resalta la necesidad de innovación y colaboración sin precedentes.
El “Triángulo del Litio” en Sudamérica concentra más del 55% de las reservas mundiales probadas. Bolivia posee la mayor reserva estimada, mientras Argentina y Chile lideran en producción efectiva.
La extracción directa de salmueras (DLE) marca un hito en la industria. Permite extraer litio con menor impacto hídrico y emisiones.
Un ejemplo emblemático es la planta Centenario de Eramet en Salta, Argentina, inaugurada en 2024. Con una capacidad de 24.000 toneladas de carbonato de litio al año y tecnología avanzada, garantiza más de 40 años de operación.
El proyecto Kachi, también en Salta, iniciará con 25.000 toneladas anuales y planea expandirse. Su pureza LCE superior al 99,5% demuestra calidad industrial de clase mundial.
El precio del litio ha mostrado una alta volatilidad. En 2022 llegó a superar los 80.000 USD/tonelada, para descender por debajo de 10.000 USD/tonelada en 2024.
Se prevé una sobreoferta temporal en 2024-2025, presión sobre proyectos más costosos y ajustes en el mercado. Sin embargo, a partir de 2029 la electrificación global impulsará un déficit.
La minería de salares puede afectar ecosistemas frágiles y recursos hídricos. El uso intensivo de agua en zonas áridas pone en riesgo la biodiversidad.
Las comunidades indígenas requieren respeto por sus derechos ancestrales y consulta previa. Los proyectos modernos buscan integrar energías renovables, reduciendo la huella de carbono y favoreciendo la sostenibilidad.
Los países del Triángulo del Litio enfrentan el reto de no ser meros exportadores de materia prima. Deben fomentar la fabricación de baterías y cátodos en territorio local.
Esto generaría empleo, tecnología y valor agregado en la cadena productiva. La cooperación regional y las políticas industriales son esenciales para cooperación técnica y financiera regional que fortalezca las economías locales.
La innovación no se detendrá. La DLE continúa evolucionando, y proyectos piloto en Europa buscan procesos aún más eficientes.
Las investigaciones en materiales alternativos, como baterías de sodio o mejora del reciclaje, podrían complementar el papel del litio. Mientras tanto, su demanda seguirá creciendo hasta que surjan sustitutos viables.
En definitiva, el litio seguirá siendo el oro blanco de la transición energética, siempre que se gestione con visión a largo plazo, responsabilidad ambiental y equidad social.
América Latina tiene ante sí la oportunidad de transformar su legado extractivo en una industria sostenible, capaz de impulsar nuevas cadenas de valor regionales y de convertirse en referente global de la revolución energética.
Referencias